AMNISTÍA INTERNACIONAL - No me etiquetes

Cuando Dygna Miranda Palacios me escribió para invitarme a participar una vez más de la jornada “No me Etiquetes”  acepté gustoso. La última vez había sido justamente el Día de la Tierra, en la Asociación Cultural Transito, que siempre ha sido como mi casa, razón por la cual aproveché para hacer una función íntima, con la luz apagada, usando las solas palabras como puente de comunicación.
En esta oportunidad, mientras trasponía la puerta de la Universidad Católica tenía varios alicientes. El primero por saberme de nuevo convocado a una campaña con la cual me identifico, ya que llevo años siguiendo con interés constante las actividades de Amnistía Internacional. El segundo porque los espacios universitarios me atraen, quizá por la nostalgia de saber que un día  hace 17 años fue en mi alma mater donde por primera vez vi a un cuentero y donde un día, hace algo más de 10 años, donde, tras ver a otros dos cuenteros decidí que quería aprender a contar. Uno más porque ni como artista ni como ser humano permito que me pongan etiquetas.
Mi amigo Mario Gaviria, estudiante de la Universidad Católica siempre ha hablado muy bien del espacio cultural conocido como “El Ático”. Me había dicho que era un espacio muy bueno donde la gente se concentraba en la escucha de los espectáculos que se presentaban y que tenía el sincretismo  propio de la buena energía de los artistas y de su público. Me había dicho que la pasaría de lujo, que me iba a gustar e iba a querer volver, me había dicho tantas cosas que mi yo no podía más con la curiosidad originada en sus palabras.
Cuando estuve en la Universidad y llegué a “El Ático” me sorprendí. El espacio es creado bajo la consigna de generar cultura en espacios alternos. Lejos estaba yo de imaginarme que “El Ático” era una cafetería, un espacio no convencional de esos que se construye gracias a la comunión perfecta entre el artista y su público, uno de esos espacios que se terminan convirtiendo en icónicos a fuerza de partir de la mutabilidad del espacio imaginado hacia el espacio real. El escenario entonces trasciende de ser una tarima (que la existe) y se convierte en un ágora propicia para la presentación de espectáculos escénicos.
Tras esperar las presentaciones que antecedieron a la mía conté dos cuentos, el cuento del “Meñique Discriminado” que se lo debo a mi amigo Nicolás Abad  muy a propósito del tema del evento. Luego, tras una votación por parte del público al que se le dieron seis alternativas rematé la función contando “Lo que ellas quieren”, cuento que he adaptado tomando como referencia el mito de Sir Gawain y el caballero verde matizado con la versión de Canterbury. Para hacerlo decidí sentar al público en la tarima y contar desde abajo, obviando el micrófono para lograr esa cercanía que tanto me gusta y que hace que la narración del cuento se convierta en un dialogo con el público.
Leonardo León

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